Influencias

jueves, 8 de septiembre de 2005

CALLE, NOCHE, FRIO

Vivo en la calle,
es lo mismo que vivir en una casa
pero con perros vagos
y sin gente que me falle.

Me siento en el pasto de las plazas,
todos los dias a mirar el ocaso;
me emociona tanto
como abrazar a alguien
sin tener que pedirle pedirle permiso.

Llovía a cántaros,
aún era invierno,
lo vi pasar como si fuera
un sueño de una noche
de verano.

No se percató de mi presencia,
pero no me extraña,
a veces yo misma
dudo de mi propia existencia.

Camina un par de cuadras
y en una esquina
un conductor ebrio,
lo arrolla contra el pavimento.

Me quedo parada en el poste del semáforo,
no atino a hacer nada.
Llega una ambulancia
Saco un cigarrillo y enciendo un fósforo.

Me intoxico los pulmones,
porque en realidad ya no me importa,
siempre la vida me quita lo que quiero,
hasta lo que no tengo.

Por eso vivo en la calle,
porque no tengo casa,
no tengo afecto,
no tengo nada, pero me fumo un cigarrillo
en la plaza ciudadana.

martes, 16 de agosto de 2005

JULIEN QUENTIN

La elegante señora Quentin fue a la parisina estación de trenes a dejar a sus dos únicos hijos. Comenzaba el año escolar 1944 – 1945 y FranÇoise, de 17 años fumaba cigarrillos hechos con hojas de choclo; mientras la mente de Julien, de 14 viajaba a través de las verdes praderas y las blancas nubes que rodeaban el crepúsculo.

El tren se detuvo y una manada de muchachos uniformados seguían las indicaciones del Padre Michel, el director del colegio, que guiaba a los niños con un silbato. Como todos los años, entraron corriendo al dormitorio, donde hacían guerras de caballeros de la mesa redonda sobre los colchones, donde Negus tenía un ratón por mascota escondido en su casillero y donde también Lagard escondía comida bajo la almohada. De pronto el escándalo es interrumpido por la llegada de Antoine, el seminarista ayudante del padre Michel, quien lleva del brazo a un niño flaco, pálido, con el pelo oscuro y crespo, que llevaba una maleta desvencijada en la mano. Su nombre era Jean Bonnet.

Jean ocupó la cama contigua a la de Julien, después de que todos sus compañeros lo recibieran con sobrenombres, burlas y uno que otro golpe por ser el nuevo. Las luces se apagaban a las nueve, pero había algo que no dejaba dormir a Julien: la linterna de Jean. Este era un gran lector y llevaba consigo una prolífica colección de libros prohibidos por la Iglesia Católica escondidos en una maleta debajo de la cama, como “Las mil y una noches”. Con el tiempo Jean se vio obligado a leer todas las noches frente a todos sus compañeros, después del apagón.

En clases, al gordo Lagard le daba náuseas viendo como Julien se hacía heridas en la mano con un compás, mientras el decrépito profesor de geometría preguntaba acerca de áreas y perímetros que a nadie le importaban. Había algo más interesante que toda la abstracción entregada por los profesores. Era algo que se desplazaba con la espesa neblina de las mañanas.

Todas los días tenían que soportar la asquerosa comida de la inmensa señora Perrin, además de las peleas que tenía con su ayudante Joseph, el cual salía en las mañanas al patio más oculto del colegio para alimentar a los cerdos y agilizar la economía a través del mercado negro entre los estudiantes, traficando mermeladas y estampillas.

Los domingos eran obligados a ir a misa en latín, sin haber comido absolutamente nada, debido a lo cual Lagard se desmayaba todos los domingos. La segunda guerra mundial seguía su curso, y los ataques aéreos comenzaban a caer sobre Francia y cada cierto tiempo todos debían esconderse en un refugio subterráneo donde rezaban el padre nuestro y el ave María como si fuera el fin del mundo.

Un día, estando todos en clases de geografía, ingresó un hombre alto y rubio, acompañado de dos soldados alemanes. Se llevaron a Jean Bonnet, que en realidad se llamaba Jean Kasovitz y era judío. También se llevaron al padre Michel por esconderlo en el colegio.

Se reunieron todos en el patio con sus maletas, los enviaban a casa. Cuando los soldados de la GESTAPO se llevaron a los prisioneros, los niños exclamaban uno a uno

- ¡Adiós padre Michel!
- ¡Adiós niños, que Dios los bendiga!

Jean Kasovitz y el padre Michel murieron en Auschwitz en Enero de 1945. Pero la imagen de Jean y del cura quedó grabada para siempre en las pupilas tristes, profundas y oscuras de Julien Quentin.

lunes, 15 de agosto de 2005

ERRANTE (Prisioneros de la Piel - La Ley.mp3)


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No se donde estoy, y la verdad es que no importa donde esté, mientras el viento norte me indique el camino a nuestra plaza. Sentarme en nuestra banca, la que se llena de polvo igual que mi corazón y mi memoria, la cual ya no puede hacer un bosquejo de tu cara.

Vago por las calles del cielo, donde soy la oveja negra de una familia donde todos son lobos con piel de oveja y todos formamos el rebaño de Dios, el que siempre está muy ocupado en su oficina cuando más lo necesito, porque para él no soy más que una aguja en un pajar insignificante. Dónde estaba cuando le pedí que me llevara???, pero el siempre ignora mis súplicas. No es irónico que el ser más supremo del universo se comporte como el peor de los padres???

Recorro los bares, donde erramos nosotros, la escoria de la sociedad. Bebo con indigentes y fumo con las prostitutas, las que me roban el alma enferma maquillandome como un payaso. Bailo entre los bares con los huérfanos de la calle. Porque somos los olvidados, los fantasmas de hombres y mujeres que nadie quiere en su vida.

El vodka ingresa a mis venas dándome vida, dándome color para dejar de ser un retrato en sepia. Haciendome más interesante y más entretenida. Vaciando mi corazón haciéndolo más ligero para poder levantarme todos los días, esperando que venga el viento norte y me indique un milagro.